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Dios es nuestro sanador

7 Maneras en las que Dios es nuestro sanador

¿Necesitas la sanidad de Dios en un área de tu vida?

Dios no es solo Aquel que sanó en las historias de la Biblia. Es también el mismo que puede sanarnos hoy. Hebreos 13:8 dice “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos.” Jehová Rapha significa Jehová tu sanador (Éxodo 15:26). Jesucristo sanó a cojos, ciegos, sordos y enfermos en el Nuevo Testamento, es el mismo Dios sanador de hoy.

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Dios es mi sanador

Dios quiere sanar cada aspecto de tu ser. Él es el Dios sanador al cual adoramos. Y Él quiere que los redimidos oren por su sanidad como un acto de confianza y dependencia en Él. Que sepan de dónde viene nuestra última fuente de sanidad.

Nuestra fuente de sanidad viene de Jesucristo, porque Jesús es nuestro sanador. Él es el médico por excelencia según la Biblia. Mientras que algunos aspectos de nuestro ser son sanados inmediatamente, otros los sana con el tiempo. Es como una forma de transformarnos a la semejanza de Cristo. Confiemos en su promesa de sanidad.

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Aquí hay 7 formas en las que Dios es nuestro sanador

1. Nos sana físicamente

Los médicos pueden decirle que la curación es el resultado de la ciencia médica, pero Dios obra a través de los médicos y les da sabiduría. Los nutricionistas pueden decirle que la curación es el resultado de suplementos naturales, pero Dios proporcionó esos agentes curativos en la naturaleza y también actúa a través de ellos. Dios es nuestro sanador y médico por excelencia.

Hay casos en los que un tumor estaba claramente en una resonancia magnética. Y después de mucha oración y una segunda o tercera exploración, el tumor desapareció por completo. No hay otra explicación que la mano sanadora de Dios.

También he visto a Dios obrar a través de una combinación de tratamiento médico, remedios naturales y las oraciones de su pueblo. En cierta ocasión Jesús le dijo a una mujer que arriesgó todo para tocarlo: “tu fe te ha salvado” (Mateo 9:22). Al ejercer sabiduría y diligencia para hacer lo que pueda para estar saludable, ¿Tienes fe en que Él puede sanar tus enfermedades físicas?. La mujer del flujo de sangre tuvo fe, lo tocó con fe, y fue sanada.

A pesar de que Dios es nuestro sanador, y que puede sanar cualquier dolencia física que tengamos, a veces nos permite soportar ciertas dolencias. Estas dolencias nos hacen depender más plenamente de Él y nos acercan más a Él de lo que hemos estado antes. Este es el caso de Pablo que había rogado tres veces al Señor por la enfermedad que padecía, pero el Señor le dijo bástate mi gracia.

Ya sea que Dios decida sanarnos físicamente o no, debemos mantener la confianza en Él, en que Él es bueno y que nada toca nuestros cuerpos que no haya pasado primero por Sus manos amorosas.

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2. Nos sana de la enfermedad del pecado

Dios nos sana del pecado. Isaías 53 nos dice todo lo que Jesús soportó en Su propio cuerpo en la cruz para sanar nuestra naturaleza pecaminosa y liberarnos de los estragos del pecado. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).

La belleza de este pasaje es que esta profecía de lo que Jesús soportaría por nosotros para limpiarnos del pecado fue escrita en tiempo pasado, aunque fue proclamada varios cientos de años antes de que Jesús viniera a la tierra; sin embargo, nuestra condición de ser sanados se declara en ese versículo en tiempo presente. Eso me dice que antes de que se llevara a cabo, Dios vio nuestra obra de sanidad como ya hecha en Cristo Jesús.

Alaba a Dios porque, a través de tu fe en la muerte y resurrección de Jesucristo, Él ya te ha sanado de una condición de pecado que ni tú ni ningún médico pudieron remediar, Dios es nuestro médico por excelencia.

3. Dios cura la enfermedad del yo 

Podemos invitar a Jesús a nuestras vidas y reclamar el regalo de la vida eterna y llamarnos Sus hijos, pero todavía queda la enfermedad del yo por sanar, incluso después de que la enfermedad del pecado haya sido expiada.

En Romanos 7:18, el Apóstol Pablo abordó la batalla entre su carne (yo) y el espíritu de Dios, cuando escribió: “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo”

Pero luego Pablo nos da esperanza para esta batalla constante arraigada en nuestra carne cuando dice en Romanos 8:1: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu”. En otras palabras, la autodisciplina, la determinación, esforzarse más o enmascararnos en buenas obras no funcionarán.

Gracias a Dios, Jesús es el Único que puede curarnos de la enfermedad del yo cuando “morimos a nosotros mismos” y vivimos para Él.

Pablo nos dijo la clave para sanar la enfermedad del yo: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). ¿Has muerto a ti mismo por medio de la fe en Jesús para que Dios finalmente pueda curarte de la enfermedad del orgullo y del egoísmo?

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4. Nos sana emocionalmente

Dios es nuestro sanador, porque nos sana emocionalmente. A veces, las heridas emocionales pueden ser más profundas y dolorosas que las lesiones o enfermedades físicas. La ausencia del amor de los padres, el dolor del rechazo o la traición, el horror emocional de la violación o el dolor inexplicable de perder a un hijo, cónyuge o alguien a quien amaba profundamente, pueden parecer incurables. Dios nunca nos diseñó para experimentar ese tipo de dolor y tristeza, pero si lo has experimentado, Dios es tu sanador.

Fuimos hechos para amar a Dios y disfrutarlo para siempre en un paraíso libre de pecado y enfermedades. Sin embargo, nuestro pecado inherente de Adán marcó el comienzo del dolor y la angustia que todavía se siente ajeno al tipo de vida para el que fuimos diseñados.

Jesús sana ese tipo de heridas que no se pueden curar con cirugía, medicamentos o una actitud positiva. Salmo 147:3 nos dice: “Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas”.

Hebreos 4:15-16 nos dice: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”.

Ese Sumo Sacerdote es Jesús. Isaías 53:4 dice: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido”. Él ha experimentado todo lo que alguna vez soportaremos en términos de tentación, tristeza, dolor y más, y lo ha vencido y puede ayudarte a soportarlo o vencerlo también. ¿Has entregado tu equipaje emocional a Aquel que puede curarlo todo?

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5. Nos sana espiritualmente

Dios es nuestro sanador, porque nos sana espiritualmente. Conozco a muchas personas que se criaron en sectas o en hogares cristianos llenos de legalismo, hipocresía, juicio y adicciones carnales. Sin embargo, nuestra visión de Cristo no puede ser contaminada por representaciones impropias de Él por parte de aquellos que nunca lo conocieron o que fueron malas imitaciones de Él. Debemos mirar a la persona de Jesús y la descripción de Dios en las Escrituras para conocer Su verdadero carácter, o podemos permanecer espiritualmente enfermos.

Una mujer que fue horriblemente abusada por su padre desde la niñez hasta la adolescencia, creía que Dios era tan distante y odioso con ella como su padre. Pero su perspectiva de Dios cambió el día que un pastor que enseñaba la Biblia le preguntó: «¿En qué Dios estás creyendo?» Le recomendó que leyera lo que dice la Biblia sobre el carácter de Dios y que no confiara en sus ideas preconcebidas o conceptos erróneos acerca de Dios.

Cuando la mujer siguió el consejo de ese pastor y comenzó a escudriñar las Escrituras, descubrió que Dios era puro, amoroso, bondadoso, bueno y fiel, todo lo que su padre terrenal no era. A través de la Palabra sanadora de Dios, pudo desentrañar las mentiras que había creído acerca de Dios y abrazar la verdad acerca de Él.

El rey David convirtió el Salmo 139:23-24 en su oración personal para ser sanado espiritualmente, y tú puedes hacerla tuya: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno

6. Dios sana las heridas del pasado

Se ha dicho que “el tiempo cura todas las heridas”. Creo que eso sucede cuando entregamos nuestras heridas a Dios y confiamos en que Él puede sanarlas, en Su tiempo. Las heridas abiertas en carne viva no se curan de la noche a la mañana.

A medida que cultivamos un estilo de vida de confiar en Dios, perdonar a los demás, caminar en Su luz (1 Juan 1:7), y aferrándose a Su Palabra, Él nos sana de aquellas heridas pasadas que parece que no podemos superar por nosotros mismos.

Tal vez no te estés aferrando a una ofensa de otra persona. Tal vez te estás aferrando a algo que hiciste y que no puedes perdonarte a ti mismo. Confía en que si Dios puede perdonarte tu pecado más atroz, tú también puedes perdonarte a ti mismo. No creas que eres la excepción cuando dijo: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Salmo 103:33).

No creas que estás excluido de su generosa oferta: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Deja que Él te sane de lo que sea que haya en tu pasado porque Él es el Dios de nuevos comienzos y nuevas oportunidades.

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7. Dios sana la mente, el corazón del hombre

¿Tienes un problema para amar a alguien? ¿Perdonar a alguien? ¿Pasar más allá de cierto dolor porque tu mente sigue repitiéndolo? Dios es el Único que puede encargarse de eso por completo. Recuerda que José le costó perdonar a sus hermanos, pero después de verlos algunas veces, pudo liberarse, llorar con ellos y perdonar, sanando así su corazón con la ayuda de Dios.

Pablo dice en Romanos 12:2 que no nos conformemos con el mundo y su forma de pensar y de comportarse, sino que seamos transformados por la renovación de nuestra mente para que podamos discernir la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Permite que Dios renueve tu mente y la sane a través de la lectura y el estudio constantes de las Escrituras, a través de la compañía de otros que obedecen Su Palabra y a través de una continua entrega a la dirección y convicción del Espíritu Santo.

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¿Cómo podemos recibir y caminar en la sanidad de Dios?

Conocer que Dios es nuestro sanador es fundamental, pero la sanidad también implica una respuesta de fe, obediencia y rendición de nuestra parte. A lo largo de las Escrituras vemos que Dios honra a quienes se acercan a Él con un corazón sincero y dependiente.

Una fe genuina

En primer lugar, la sanidad comienza con una fe genuina en Dios, no en los métodos ni en las circunstancias. La fe no es negar la realidad del dolor, sino reconocer que Dios es mayor que cualquier condición. Jesús dijo: “Todo es posible para el que cree” (Marcos 9:23). Esta fe se expresa en oración, confianza y perseverancia, aun cuando la respuesta no sea inmediata.

Rendición total

En segundo lugar, la sanidad requiere rendición total. Muchas veces queremos que Dios sane una parte de nuestra vida mientras retenemos otras áreas bajo nuestro control. Sin embargo, Dios obra plenamente cuando le entregamos todo: pensamientos, emociones, pecados, heridas y temores. “Hijo mío, dame tu corazón” (Proverbios 23:26) es una invitación a una entrega completa.

Caminar en obediencia

También es importante caminar en obediencia a la Palabra de Dios. La desobediencia, el resentimiento no perdonado o una vida espiritual descuidada pueden obstaculizar nuestra comunión con Dios. La Escritura nos exhorta: “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados” (Santiago 5:16). La sanidad muchas veces va acompañada de arrepentimiento, restauración y reconciliación.

La iglesia como instrumento de sanidad

Además, Dios usa a Su iglesia como instrumento de sanidad. No fuimos creados para caminar solos. El apoyo espiritual, la oración de los hermanos y el consejo bíblico son medios que Dios utiliza para traer restauración. Jesús envió a sus discípulos a sanar, y hoy sigue obrando a través del cuerpo de Cristo.

Permanecer en el proceso

Finalmente, debemos aprender a permanecer en el proceso, confiando en que Dios está obrando aun cuando no vemos resultados inmediatos. La sanidad no siempre es un evento, muchas veces es un camino. Pero en ese camino, Dios fortalece nuestra fe, transforma nuestro carácter y nos enseña a depender completamente de Él.

Conclusión: Dios es nuestro sanador

Dios no es un sanador parcial ni limitado a una sola área de nuestra vida; Él es el Sanador completo del ser humano. A lo largo de estas siete maneras hemos visto que Su obra no se restringe al cuerpo, sino que alcanza el pecado, el corazón, la mente, las emociones, el espíritu y aun las heridas más profundas del pasado. Jehová Rapha sigue obrando hoy, tal como lo hizo ayer, porque Jesucristo es el mismo por los siglos.

La sanidad de Dios no siempre llega de la forma o en el tiempo que esperamos, pero siempre llega conforme a Su perfecta voluntad y para nuestro mayor bien. A veces sana de manera inmediata y milagrosa; otras veces, sana de manera progresiva, usando procesos que nos llevan a depender más de Él, a morir a nosotros mismos y a ser transformados a la imagen de Cristo. En todos los casos, Su gracia es suficiente y Su amor permanece inmutable.

Este llamado no es solo a creer que Dios puede sanar, sino a acercarnos a Él con fe, humildad y entrega total, reconociendo que solo en Cristo está nuestra verdadera restauración. No importa cuán profunda sea la herida, cuán antigua la carga o cuán compleja la lucha: ninguna condición está fuera del alcance de Su poder sanador.

Hoy puedes acudir confiadamente al Gran Médico, poner tu vida en Sus manos y permitir que Él sane lo que nadie más puede tocar. Dios sigue sanando, sigue restaurando y sigue haciendo nuevas todas las cosas. En Él hay esperanza, vida y sanidad completa para todo aquel que cree.

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