EL DON DE PROFECÍA 

El don de profecía, hombre señalando con el dedo versículo de la Biblia


Don de profecía según 1 Corintios 12


El último don vocal del que hablaremos es el don de profecía. El sentido básico del verbo griego profeteu es “hablar bajo inspiración” (Strong). Puesto que a menudo Dios revelaba el futuro por medio de los profetas bíblicos, el verbo adquiría el sentido secundario de “predecir eventos.” 

¿Qué es la profecía? ¿Qué es profetizar? 


Entonces, el verbo profetizar tiene dos sentidos correspondientes: “revelar por inspiración divina” y “predecir con certeza como si por inspiración divina.” El sustantivo profecía también significa “un mensaje inspirado” o “una predicción del futuro, hecha bajo inspiración divina.” En otras palabras, la profecía puede ser “un mensaje inspirado o una predicción del futuro.”

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Entonces, en un sentido general, cada mensaje ungido por Dios es una profecía. (Véase por ejemplo Ezequiel 37:4, 9.) En esa manera abarca la predicación, las alabanzas, y los testimonios. Por definición no se requiere que sea una predicción del futuro. 

El guía de Juan en Apocalipsis le dijo: “Yo soy consiervo tuyo, y de tus hermanos que retienen el testimonio de Jesús. Adora a Dios; porque el testimonio de Jesús es el espíritu de la profecía” (Apocalipsis 19:10). En ese sentido todos los creyentes neotestamentarios pueden profetizar (Joel 2:28; Hechos 2:17). La profecía es uno de los dones de servicio (Romanos 12:6).

EL DON DE PROFECÍA, UN DON ESPECÍFICO QUE NO TODOS POSEEN


I Corintios 12:10 habla de la profecía en un sentido más restringido. Cada creyente debe tener un testimonio ungido (Hechos 1:8). Cada predicador debe predicar el evangelio bajo la unción del Espíritu (I Corintios 2:1-4). Sin embargo, de acuerdo a I Corintios 12:4-11, hay un don específico de la profecía que no todos ejercen.

El don de profecía es equivalente al don de lenguas con interpretación


Este don de profecía es el equivalente del don de lenguas seguido por el don de la interpretación. “El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia. Así que, quisiera que todos vosotros hablaseis en lenguas, pero más que profetizaseis; porque mayor es el que profetiza que el que habla en lenguas, a no ser que las interprete para que la iglesia reciba edificación” (I Corintios 14:4-5). 

Definiendo el don de profecía


Entonces el don de la profecía es un mensaje de Dios tan sobrenatural y tan específico como el don de lenguas y el don de interpretación. El don de profecía lo podemos definir como el don de un mensaje sobrenatural que viene directamente de Dios en el idioma de la persona que habla y de los oyentes.

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El capítulo 14 de I Corintios dice que la persona que da el mensaje es un “profeta.” Otra vez, esto es un uso especializado y restringido que se aplica estrictamente a la ocasión. Una persona que da una profecía no es necesariamente un profeta permanente en términos del ministerio quíntuple de Efesios 4:11-16, ese pasaje se refiere al oficio de un profeta. Por supuesto, por definición se espera que alguien que ocupa el oficio de un profeta ejerza el don de la profecía en todo momento.

El don de la profecía se puede operar en varias maneras. Puede ser que un predicador hable proféticamente en medio de un sermón. Puede ser que alguien en medio de la congregación hable a la concurrencia en un mensaje en el idioma conocido, parecido a la interpretación de lenguas. A veces Dios ungirá a un individuo para dar una profecía a otro individuo.

En un sentido general, cada predicador ungido profetiza cuando predica, pero a veces, durante el transcurso de su mensaje, Dios le dará una palabra directa para la iglesia o para ciertos individuos. Puede ser que a veces el predicador no se de cuenta completamente de lo que está sucediendo, pero en otros momentos puede saber que él acaba de hablar una palabra específica para alguien en particular. Puede ser que no sepa a quien es dirigida la palabra, o puede ser que Dios le revele exactamente quién es el receptor. Como el ejemplo del Sumo Sacerdote Caifás nos demuestra, es posible que Dios hable proféticamente por medio de alguien sin que aquella persona se de cuenta completamente del hecho o sin que comprenda la profecía. (Véase Juan 11:49-52.)

EL DON DE PROFECÍA, EJEMPLOS BÍBLICOS


Algunos ejemplos bíblicos del don de profecía


Hechos 11:27-28 provee un ejemplo de profecía pública: “En aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía. Y levantándose uno de ellos, llamado Agabo, daba a entender por el Espíritu, que vendría una gran hambre en toda la tierra habitada; la cual sucedió en tiempo de Claudio.” La iglesia en Antioquía respondió a esta profecía al enviar ayuda financiera a los creyentes en Judea, quienes eran relativamente pobres.

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Se conocían a las hijas de Felipe el evangelista por sus profecías. “Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban” (Hechos 21:10). Para ameritar tal mención, su ministerio tendrá que haber sobrepasado lo normal; probablemente ellas predicaban y ejercían el don de la profecía.

Hechos 21:10-11 ofrece un ejemplo de una profecía personal: “Y permaneciendo nosotros allí algunos días, descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.”

Previamente, algunos discípulos le habían dado a Pablo un mensaje similar. “Y hallados los discípulos, nos quedamos allí siete días; y ellos decían a Pablo por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén” (Hechos 21:4). El libro de los Hechos dice que Pablo sí fue a Jerusalén, donde fue arrestado. Allí él fue enjuiciado, detenido en prisión por muchos meses, y eventualmente enviado a Roma debido a una apelación. Al cierre del libro de los Hechos él estuvo bajo arresto domiciliario. La tradición nos dice que finalmente fue ejecutado en la ciudad de Roma. Sin embargo, no hay indicio de que él fallara a la voluntad de Dios. De hecho, él estuvo totalmente convencido de que Dios quiso que fuera a Jerusalén a pesar de las consecuencias, y sus colaboradores finalmente aceptaron su decisión como la voluntad de Dios (Hechos 21:13).

DON DE PROFECÍA: APLICANDO UNA PROFECÍA


La historia anterior nos ilustra que, en el análisis final, solo los receptores de una profecía pueden entender lo que la profecía les significa. Deben discernir si una profecía es de Dios, y si lo es, en qué sentido la profecía les pertenece. “Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen” (I Corintios 14:29).

Don de profecía: Ejemplo de aplicación de profecía


En el caso de Pablo, la profecía actual no era “tú no debes ir a Jerusalén,” sino “si tú te vas a Jerusalén, tendrás que sufrir persecución y arresto.” Todos los demás pensaban que esa profecía era el método de Dios de decirle a Pablo que no debería irse a Jerusalén, y ellos le rogaban que no fuese, pero Pablo conocía lo que Dios ya le había instruido. El dedujo correctamente que el propósito de la profecía no era el de cambiar su idea acerca de viajar, sino el de prepararlo para el futuro y de animarlo a que Dios siempre estaría al control a pesar de las circunstancias adversas. La advertencia actual y la predicción de peligro vino “por el Espíritu,” pero el mensaje de que no debería de irse a Jerusalén no fue inspirado por el Espíritu.


El propósito primordial de los dones espirituales no es el de ser una autoridad en la vida de alguien, ni de revelar la voluntad de Dios que en otros casos permanecería escondida. En cambio, son parte del proceso de edificación y confirmación

La persona que profetiza debe tener cuidado de no permitir que su propios pensamientos afecten la profecía y debe tener cuidado de no formar sus propias conclusiones acerca del significado, para alguien más, de la profecía. La persona que recibe una profecía debe tener cuidado de no dejar que sea un sustituto para su propia relación con Dios y su propio juicio.

Por ejemplo, si alguien profetiza a un individuo, “Dios le está llamando a ser misionero al Brasil”, el receptor debe evaluar cuidadosamente lo que Dios está haciendo en su vida. No debe de actuar sobre aquella palabra a menos sea la culminación de un proceso en lo cual Dios ya ha tratado acerca del asunto, o a menos que Dios lo confirme por medio de un proceso más amplio de oración y consejos espirituales. El ejercicio de un don espiritual puede sembrar una semilla o servir como una confirmación, pero no sirve como sustituto para la oración, estudio bíblico, y consejos pastorales en el hallar la voluntad de Dios.

Las profecías no son infalibles como la Biblia. Por supuesto lo que es de Dios es verídico, pero es posible que aun una persona bien intencionada deje que un poco de su propio pensamiento entre en una profecía. Puede elaborar en un pensamiento que Dios dio, o puede mal entender. 

Oí una vez a un predicador proclamar públicamente que Dios sanaría a cierto individuo quien estaba muriendo de una enfermedad fatal. En mi corazón, yo esperaba y oraba que la palabra fuese cierta, pero no sentí una confirmación. Después que murió la persona enferma, un líder explicó el error de aquel predicador en una manera no juiciosa: “Escuchamos hablar la voz de la esperanza.” El predicador había errado, pero no de motivos o influencias malas sino por seguir emociones y deseos humanos.

DON DE PROFECÍA, EJEMPLOS CONTEMPORÁNEOS


Algunos ejemplos sobre el don de profecía


En muchas ocasiones, he escuchado profecías públicas del Señor. Típicamente son mensajes de exhortación y de ánimo que llenan una necesidad especial o que proveen una bendición especial en un culto en particular. Una notable profecía dada en una conferencia general advirtió que un misionero recién comisionado tendría que enfrentarse con una prueba grande en el campo misionero, y se cumplió la profecía tal como se dijo.

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Mientras estaba enseñando en el Instituto para Ministros en Jackson, un ministro visitante oró conmigo después de un culto y me dio una profecía. La esencia de aquella profecía era que pronto Dios abriría una nueva puerta para mí. Después el ministro me preguntó, “¿Sabes de que se trata esta profecía? ¿Ha estado el Señor tratando contigo acerca de algo?” Él no trató de decirme la intención de la profecía, pero él indicó que Dios me haría saber.

En aquel tiempo algunas nuevas oportunidades se me habían presentado, pero no vi un cumplimiento directo de la profecía. Sin embargo, unos meses después las circunstancias cambiaron significantemente, una nueva puerta se abrió, y sabía que era tiempo de hacer una transición, aunque en una manera diferente de la yo que antes había considerado. Esta profecía sirvió para sembrar en mi mente una semilla para que pudiera estar preparado al llegar la nueva dirección. No mucho después, el Señor nos dirigió a la siguiente fase del ministerio. Nos mudamos a San Luis, donde llegué a ser el editor asociado en la división editorial de la Iglesia Pentecostal Unida Internacional.

En el mes de Junio del año 1989, un poco antes de la caída del comunismo, prediqué en una reunión de ministros apostólicos en Leningrado, Unión Soviética (ahora Saint Petersburg, Rusia). Nuestro misionero a Europa Oriental recientemente había hecho el primer contacto cara a cara con los creyentes apostólicos en Rusia desde el tiempo del ministerio de Andrés Urshan en el año 1916, antes que los comunistas tomaran control. Nuestro misionero en Finlandia había viajado la segunda vez para ayudar en organizar esta reunión. Yo le acompañé para reunirme con los representantes de toda la Unión Soviética. Yo iba a predicar y a enseñar, explicar nuestras creencias, contestar preguntas, y explorar terreno común con nuestros creyentes.

Cuando comencé a predicar en el culto el domingo por la mañana, dije, “El Señor quiere llenar a alguien con el Espíritu Santo aquí hoy.” En ese momento, no consideré esa declaración como una profecía, sino un sentimiento basado en la voluntad general de Dios. Sin embargo, sin mi conocimiento esas palabras presentaban un reto especial a la congregación. Debido a años de cultos en secreto, persecución y aislamiento, ellos habían desarrollado la costumbre de orar por el Espíritu Santo solamente en sus casas. Conducían el culto en una manera formal y en voz baja, y cuando alguien deseaba recibir el Espíritu Santo, hacían una cita para encontrarse con aquella persona después. Nadie recibía el Espíritu Santo en la iglesia.

Después de mi predicación, el Señor comenzó a moverse en una manera poderosa. La gente comenzó a llorar y orar, pero el pastor trató de cerrar el culto. Él escogió a alguien que diera la bendición, pero esa persona comenzó a orar en el Espíritu, y entonces otra persona comenzó a orar en la misma manera ferviente. Sin embargo, el pastor terminó abruptamente el culto.

Aquella tarde, los varones regresaron para enseñanza, preguntas, y discusión. Un tema acerca del cual me preguntaron era la sanidad divina, y yo afirme fuertemente que cada iglesia local debería orar para la sanidad de los enfermos. Al final, una persona que me había hecho una pregunta avanzó hacia delante y pidió oración con la imposición de manos para su sanidad. Cuando él rompió la tradición en esa manera, cada otro varón en el edificio también avanzó hacia delante para oración. El Espíritu de Dios se movió fuertemente, y pronto un varón recibió el Espíritu Santo. Él había venido desde Odesa, Ucrania— una distancia de más o menos 1,600 Kilómetros—con la esperanza de recibir esta experiencia. A ese punto, el pastor local se paró y dijo con un cambio de actitud, “Nuestro visitante del occidente profetizó que alguien recibiría el Espíritu Santo aquí hoy. Ahora Dios ha cumplido Su palabra profética.

Don de profecía, otros ejemplos


Mientras mi esposa y yo estuvimos en Nairobi, Kenya, en un viaje misionero en el año 1989, recibí una llamada de mi madre, quien estaba en Norteamérica. Mi hermana Karen se había despertado de un sueño vivo que ella pensaba que era del Señor. En el sueño, yo era físicamente atacado y mis brazos y mis piernas fueron amputados. Karen estuvo tan perturbada por ese sueño que se despertó sollozando y mi madre sintió que fue importante avisarme de la posibilidad de un peligro inminente. Quizás podemos considerar aquel sueño como una palabra de sabiduría a mi hermana y el mensaje resultante a mí como una profecía.

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A mi conocimiento no me encontré con ningún peligro en Kenya, pero poco después de mi regreso a Norteamérica, me encontré con una oposición sorprendente hacia mí de varias personas quienes habían leído mal o estaban en desacuerdo con un artículo doctrinal que yo había escrito.

Yo sentí que esa fuerte oposición era el cumplimiento del sueño de mi hermana. Habiendo sido advertido por aquella profecía, guardaba mi confianza de que Dios estaba en control. Expliqué mi posición a los que me preguntaban, pero traté de dejar la situación entera en las manos del Señor. Al final de cuentas, a la iniciativa de aquellos que se habían opuesto, la situación total fue resuelta armoniosamente.

Más ejemplos del don de profecía


En varias ocasiones, mientras he estado dirigiendo un culto, predicando, orando, o aconsejando, el Señor me ha inspirado a hablar palabras no planeadas ni improvisadas que pertenecían a una situación o persona. En algunos casos no me di cuenta de que Dios había hablado por medio de mi persona hasta después. 

En otros momentos, sentí inmediatamente que las palabras eran especialmente ungidas, y a veces un individuo ha confirmado más tarde que las palabras eran destinadas a él o ella personalmente. Mi esposa ha tenido experiencias similares en aconsejar y animar a diversas personas.

En un culto un domingo por la noche en 1997, estuve predicando en Austin acerca de la gracia de Dios. Cerca del fin del mensaje, de repente sentí una unción poderosa de dar un aviso fuerte en contra del juicio propio. Ese punto no estaba en mis planes, y tampoco ocupó directamente mi línea de pensamiento, pero instantáneamente vi cómo podría concordar con mis palabras. Mas tarde mi esposa, mi suegra, y un asistente pastoral dijeron que vieron una transformación que me sobrevino mientras hablé aquellas palabras. Ellos dedujeron que la comunicación del mensaje no era característica en mi persona y estilo, sino era absolutamente de Dios.

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Mientras hablé, me di cuenta inmediatamente a quién fueron dirigidas mis palabras, pero no sabía si él las recibiría. La impresión fue tan fuerte que yo estuve preocupado que me acusaría de haberle atacado deliberadamente, aunque no me dirigí directamente a ninguna situación identificable. Sabía que podría reaccionar con enojo y amargura.

El siguiente miércoles por la noche el varón se me acercó arrepentido. Dijo que él entendió inmediatamente que la declaración que hice era de Dios y fue destinada a él personalmente. Dios trató fuertemente con él durante los próximos dos días hasta que cambió su actitud y comportamiento. El mensaje profético apagó un problema potencialmente serio y trajo una transformación espiritual.