DON DE SANIDAD SEGÚN 1 CORINTIOS 12

Don de sanidad: Hombre con muletas en las manos siendo sanado

Dones de sanidad, enseñanza sobre el don de sanidad


Además de fe y el hacer milagros, los dones de poder incluyen “dones de sanidad” (RVR 1960), o “dones de, sanidades” (RVR 1995) (I Corintios 12:9). “Sanar” significa “restituir al enfermo la salud; curar; . . . rectificar; reparar.”

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En el sentido más amplio, la sanidad puede referirse a una restauración física, mental, o espiritual. En la experiencia de la conversión, todos los cristianos reciben la sanidad espiritual, incluyendo el perdón de pecados, reconciliación con Dios, y renovación espiritual. Mientras crecen en gracia, comienzan a desarrollar atributos positivos emocionales y espirituales, tales como amor, paz, gozo, dominio propio, lo que la Biblia llama el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23).

Sin embargo, I Corintios 12 habla de instancias específicas cuando los dones de la sanidad se dan a ciertos individuos pero no a todos. La referencia se hace a la sanidad de condiciones mentales y físicas más allá de la restauración espiritual y emocional que todos los cristianos pueden y deben recibir como parte de su nueva vida en Cristo. Los ejemplos de sanidad en los Evangelios y los Hechos corresponden a este significado.

Dones de sanidad, don de sanidad


Este don es el único enumerado en forma plural; actualmente hay muchos dones de sanidad. La forma plural indica que hay varias clases de sanidades—condiciones diferentes de que las personas son sanadas y maneras diferentes en que ocurre la sanidad. Con estos puntos en mente, podemos definir los dones de sanidad como varias formas de curación o restauración sobrenatural de enfermedades, heridas, entre otras.

Hay numerosos relatos de sanidades en la iglesia primitiva, incluyendo la de un hombre paralítico en el templo, multitudes en Jerusalén, mucha gente paralizada y coja en Samaria, Saulo de Tarso, quien fue sanado de ceguera, y un hombre paralítico, llamado Eneas (Hechos 3:1-8; 5:14-16; 8:7; 9:17-18, 32-34).

DON DE SANIDAD: TESTIMONIO DE SANIDADES


Testimonios sobre el don de sanidad


Muchas sanidades milagrosas han ocurrido en la vida y ministerio de mis padres. En el año 1963, mientras mi familia se preparaba para ir a Corea, tuvimos un serio accidente automovilístico que nos ocasionó muchas heridas. Ambos brazos de mi padre fueron rotos, y el nervio en su brazo derecho fue cortado, y el médico le dijo que nunca lo podría usar otra vez. Sin embargo, para el asombro del médico, una noche en un culto Dios lo sanó, restaurándolo a su habilidad total.


En Mokpu, Corea, mi padre oró por un varón y él fue sanado instantáneamente de parálisis al brazo y al hombro. En Seúl, Corea, una mujer fue librada de voces que constantemente le hablaban palabras violentas y maldiciones en su mente, y una niña de doce años fue sanada de un impedimento severo de oír. 

Yo estuve en cada uno de estos cultos y vi a las personas sanadas. Una mujer minusválida vino a una cruzada en el centro de Seúl en una silla de ruedas y fue sanada. Yo vi mientras ella caminaba gozosamente por el estrado del auditorio alquilado. Otras sanidades notables e instantáneas en Corea eran las de un hombre con un oído sordo, una señorita con tuberculosis quien había perdido el uso de un pulmón y la mayor parte del otro, y una mujer en las etapas finales de cáncer al seno.

En el año 1984, en Poplarville, Mississippi, un domingo en la noche yo prediqué acerca del poder del nombre de Jesús. Una mujer visitante en una silla de ruedas pasó adelante para oración. Ella había sufrido un derrame, y su médico dijo que jamás volvería a caminar. Mientras oramos por ella, con un poco de ayuda, se levantó lentamente de su silla de ruedas y dio unos pasos titubeantes. Ella estaba muy gozosa, pero esto fue solamente el comienzo. Cada día iba sanando más y más, hasta que eventualmente pudo caminar normalmente. El médico le dijo a su pastor, “Ella es un milagro.”

En el año 1987, mientras estuve predicando en Cseteny, Hungría, alguien trajo al culto a una joven que había estado minusválida mentalmente desde nacimiento. Mientras oramos por ella, sentimos el poder de Dios, pero no hubo ningún cambio visible en su condición. Sin embargo, desde aquél día en adelante, ella comenzó a mejorar. Cuando regrese allí en el año de 1988, había mejorado tanto que sus familiares, quienes habían sido inconversos, dijeron que era un milagro y se convirtieron al cristianismo.

En una campaña de fin de semana en un Seminario en Petrovac, Yugoslavia, en el año 1988, oramos por una mujer hospitalizada. Ella se recobró milagrosamente, vino al culto, y recibió el Espíritu Santo en el momento en que le impusimos las manos

En un culto de oración en nuestra iglesia en Austin, Texas, en el mes de octubre de 1995, Dios nos habló por medio de lenguas e interpretación y prometió sanidad. Aquella noche, mi suegra aceptó esa promesa como para ella y fue sanada instantáneamente de una herida en su columna vertebral que había sufrido en un accidente automovilístico hacía dos años atrás.


Un misionero a Asia se enfermó con una forma de hepatitis que era incurable y fatal, y tuvo que regresar a Norteamérica. Sus médicos le dijeron que nunca jamás podría viajar o vivir en Asia otra vez. Sobre un período de varios meses, mientras asistía a nuestra iglesia, nosotros al igual que otros orábamos por su sanidad. Milagrosamente, comenzó a mejorar. Recuperó su sanidad completa, y unos meses después recibió confirmación de sus médicos que podría reasumir su obra misionera.

En el año de 1997 una mujer quien sufría de depresión severa asistía a nuestra iglesia en Austin. Ella estuvo seriamente pensando en suicidarse y había tomado algunos pasos para llevar a cabo su plan. Dios le llenó con el Espíritu Santo, le sanó de la depresión y le libró del pensamiento de suicidarse.

DON DE SANIDAD: SANIDAD EN LA EXPIACIÓN


Los dones de sanidad son más prominentes en las Escrituras que muchos de los otros dones, probablemente por varias razones: Son más visibles, ministran más directamente a las necesidades humanas urgentes, y son particularmente eficaces en el evangelismo. Son más íntimamente asociados con el plan de salvación de Dios, el cual Él diseñó para anular todas las consecuencias del pecado. Él nos creó como seres tanto físicos como espirituales, y Su último propósito es el de redimirnos física y espiritualmente.

Jesús hizo efectiva nuestra sanidad como parte de la expiación


De hecho, la Biblia declara que Jesucristo hizo efectiva nuestra sanidad como parte de la expiación: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:4-5).

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Mucha gente argumenta que aquella sanidad es exclusivamente espiritual, pero la salvación de Dios es para el ser humano en su totalidad. Mateo 8:16-17 explica que la sanidad física es un cumplimiento de Isaías 53:5: “Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.”

“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Hebreos 13:8). Lo que Él hizo para la iglesia primitiva, lo hará para la iglesia de hoy. “De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré” (Juan 14:12-14).

Cuando decimos que la sanidad es una parte de la expiación, queremos decir que la muerte, sepultura, y la resurrección de Cristo forman la base de nuestra sanidad tanto como para nuestra salvación. No significa que si tenemos la fe para ser salvos entonces seremos automáticamente sanados, o que si alguien no es sanado entonces no es salvo. Debemos darnos cuenta que algunos de los beneficios de la Expiación son inmediatos, mientras que otros son futuros.

La sanidad completa será en la resurrección


Hoy es el día de la salvación, en el sentido de recibir el perdón de pecados y el nuevo nacimiento, y todos pueden gozarse de estos beneficios inmediatamente. Siempre estamos esperando la redención del cuerpo en el último sentido de la glorificación. (Véase Romanos 8:23; Filipenses 3:20-21.) Mientras algunas sanidades son disponibles en este día, la sanidad completa será en la resurrección. Lo que no recibimos hoy recibiremos entonces. Pero el sacrificio de Cristo es la base para todo lo que recibimos, tanto hoy como en la eternidad.

Cuando comprendemos que la sanidad no viene solo por una casualidad, sino que Cristo la compró por nosotros, podemos orar para recibir la sanidad con gran confianza. Hablaremos acerca de las razones del porqué no siempre recibimos una sanidad instantánea, pero estas razones no deben reprimirnos de reclamar la promesa de Dios. 

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Debemos esperar la sanidad como la voluntad general de Dios, sin perder la fe si no acontece en el momento o en la manera que lo esperamos. Aunque muramos mientras esperamos una sanidad, no hemos sido derrotados, porque recibiremos un cuerpo glorificado e inmortal en la resurrección.

DON DE SANIDAD: LA SANIDAD PROGRESIVA


Don de sanidad: A veces la sanidad viene gradual o progresiva


Algunas veces la sanidad viene instantáneamente, a veces es gradual o progresiva. El cuerpo humano tiene una capacidad natural de sanarse. Cuando nos cortamos un dedo, normalmente se sanará por su propia cuenta si lo mantenemos limpio y libre de infección. 

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Puesto que Dios diseñó nuestros cuerpos con su capacidad maravillosa de recuperarse, podemos decir en un sentido general que toda sanidad es de Dios. Un cirujano no sana el cuerpo sino corrige un problema para que el cuerpo pueda sanarse a sí mismo. Similarmente, puede ser que Dios a veces simplemente remueva lo que esta impidiendo que el cuerpo se sane a sí mismo, entonces lo deja reasumir su función normal. En tal caso la sanidad será gradual pero siempre de Dios.

Don de sanidad en Sanidades graduales o progresivas


La mayoría de los relatos bíblicos de sanidades describen sanidades instantáneas, pues esos casos son los más notables, y ciertamente debemos esperar tales acontecimientos. Sin embargo, aun en la Biblia, algunas sanidades eran graduales. Cuando los diez leprosos pidieron misericordia de Jesús, Él les dijo que se presentaran a los sacerdotes, y mientras iban fueron sanados (Lucas 17:12-14). Aunque su sanidad vino rápidamente, no era evidente cuando la pidieron o mientras estaban con Jesús, sino se hizo evidente más tarde.

Una vez, cuando Jesús sanó a un ciego, tuvo que tocarle una segunda vez (Marcos 8:22-25). Después del primer toque el hombre pudo ver a algunas personas como árboles andantes, pero después del segundo toque pudo ver todas las cosas claramente. Quizás el proceso era necesario para hacer incrementar la fe del varón. En todo caso, este relato nos revela que alguien puede recibir una sanidad parcial, pero siempre tendrá necesidad de una fe continua y paciencia para una sanidad completa.

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La Biblia también revela que algunos cristianos neotestamentarios sufrían de enfermedades por un tiempo sin recibir una sanidad inmediata. Pablo escribió acerca de un predicador del Evangelio quien estuvo seriamente enfermo por un largo período:

“Mas tuve por necesario enviaros a Epafrodito, mi hermano y colaborador y compañero de milicia, vuestro mensajero, y ministrador de mis necesidades; porque él tenía gran deseo de veros a todos vosotros, y gravemente se angustió porque habíais oído que había enfermado.] Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir; pero Dios tuvo misericordia de él, y no solamente de él, sino también de mí, para que yo no tuviese tristeza sobre tristeza” (Filipenses. 2:25-27). Pablo mencionó también a otro predicador que estaba enfermo: “Erasto se quedó en Corinto, y a Trófimo dejé en Mileto enfermo” (II Timoteo 4:20).

Finalmente, otro ministro, Timoteo, sufría de enfermedades crónicas debido a una constitución débil. Pablo le aconsejó, “Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades” (I Timoteo 5:23). Aparentemente, Pablo recomendó que él tomara un nutritivo jugo de uvas en vez de solamente agua, lo que podría haber sido insalubre. En todo caso, él mostró que, aunque los cristianos siempre confían en Dios para la sanidad y fuerza, deben siempre seguir los principios de buena nutrición y cuidados de la salud.

No debemos ver la enfermedad como derrota sino como la oportunidad de sanidad


Estos pasajes no culpan a los creyentes enfermos por sus enfermedades, sino demuestran que no es inusual que los cristianos se enfermen. Siempre tenemos cuerpos mortales y vivimos en un mundo decaído, y no somos inmunes a las enfermedades, pruebas, y tribulaciones de la vida diaria. 

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No debemos ver la enfermedad como una derrota, sino como una oportunidad para la sanidad. Aunque recibimos una sanidad instantánea o gradual, damos la gloria a Dios. Si sufrimos por un tiempo antes de nuestra recuperación, entonces aprendemos la paciencia, la confianza, y otras lecciones de Dios. Si morimos en fe, como todos harán algún día (si es que primero no acontezca el Rapto), siempre tendremos nuestra recompensa eterna.

DON DE SANIDAD: EL ROL DE DOCTORES Y DE LA MEDICINA


El don de sanidad y la medicina


Aunque estemos enfermos o tengamos buena salud, debemos poner nuestra fe en Dios. Cuando estamos enfermos, debemos mirar primeramente, primordialmente y continuamente a Dios para la sanidad y la liberación. No debemos poner nuestra fe en los doctores ni la medicina en vez de en Dios. Pero no es un pecado consultar a los médicos o tomar la medicina. Pablo describió a su colaborador Lucas como “el médico amado” sin cualquier sugerencia de condenación por su profesión (Colosenses 4:14).

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Los doctores desempeñan muchos servicios valiosos. Nos educan en los principios de buena salud tales como una dieta correcta, ejercicios y la higiene para prevenir las enfermedades y epidemias. Nos alertan de los peligros y problemas, y cuando el cuerpo no funciona correctamente nos ayudan a encaminarlo nuevamente como Dios ha dispuesto. Su conocimiento y pericia siempre vienen de Dios, y las medicinas que ellos prescriben tienen su origen en las hierbas, las vitaminas, los minerales, y en otras sustancias que Dios ha creado para nuestro uso. 

Muchas veces la medicación siempre sirve como substituto por algo que el cuerpo normalmente provee. En tiempos de enfermedad debemos orar para sanidad, pero si no viene la sanidad completa inmediatamente, no hay nada de malo en usar los diferentes medios para el beneficio del cuerpo, incluyendo los médicos, la medicación, yesos, muletas, y sillas de ruedas.

Por supuesto, debemos evaluar todos los tratamientos médicos cuidadosamente, buscando la voluntad y la sabiduría de Dios en todo. Nuestra sociedad abusa de la medicación; la tendencia es de pensar que hay una pastilla para cada problema. Pero debemos estar atentos a las limitaciones, efectos secundarios, y los peligros de varias medicaciones y procedimientos. Además, puede ser que algunos tratamientos no sean apropiados para el hijo de Dios. Una vez un doctor recomendó que mi madre se sometiera a la hipnosis para aliviar su dolor, pero ella rechazó a aquella opción, creyendo que sujetaría su mente a un grado de control no permitido a las manos de un incrédulo.

Algunas veces la gente cree que Dios les ha sanado y que ya no tienen necesidad de tratamiento médico. Si Dios les ha hablado, ellos deben permanecer firmes en Su promesa. Además, si Dios les ha sanado, podrán obtener certificación de los médicos. Deben aceptar la sanidad de Dios, pero no deben descontinuar los tratamientos médicos como un medio de probar su fe y así “requerir” que Dios les sane.

DON DE SANIDAD: LA FE CUANDO NO LLEGUE LA LIBERACIÓN O LA SANIDAD


Nuestra fe debe descansar en Dios mismo y no en una liberación o sanidad instantánea. A veces Dios no contesta nuestras oraciones en la manera que deseamos o esperamos; sin embargo, confiamos en Él. Job afirmó, “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré” (Job 13:15). Dios no es el autor de las enfermedades ni de las dificultades—el pecado de la raza humana ha traído esas cosas al mundo—pero El sí permite que nos acontezcan.

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Cuando vienen las pruebas, no debemos desanimarnos, pero debemos buscar la voluntad de Dios en medio de ellas. Santiago 1:2-4 dice “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.” Dios no impide las pruebas, pero siempre provee la gracia para sostenernos y librarnos en el tiempo de prueba

“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar” (I Corintios 10:13).

A veces Dios nos libra milagrosamente de una prueba, pero a veces nos permite pasar por una prueba. Por ejemplo, el rey Herodes arrestó a dos apóstoles, Pedro y Jacobo. Dios libró milagrosamente a Pedro de la prisión, pero no impidió que Jacobo muriera decapitado. La misma iglesia oró por ambos. No podemos culpar a la iglesia ni a Jacobo por una falta de fe, pero debemos reconocer que ambos varones vivían y murieron en fe y en la voluntad de Dios.

Cuando Pablo fue arrestado en Jerusalén, no obtuvo una liberación milagrosa como la de Pedro, entonces se valió de toda protección y apelación legal. Se podría haber amargado por el hecho de que Dios no le libró, o podría haber renunciado a todo esfuerzo de librarse basado en la teoría que no debería de luchar contra lo que aparentemente era la voluntad de Dios. Sin embargo, ambas decisiones habrían sido incorrectas. Era la voluntad de Dios de que esperara pacientemente persistiendo en al oración, obrando para su libertad, y haciendo lo que pudiese para promover el Evangelio. 

Al final, Pablo fue ejecutado, pero mientras tanto tenía oportunidades de testificar a varios líderes gubernamentales, incluyendo al Emperador Romano, y podía escribir las cartas que forman parte del Nuevo Testamento hoy. Dios tenía un propósito en las pruebas de Pablo que era más grande que lo que Pablo podía reconocer en ese tiempo; él tenía que vivir simplemente por fe.

Pablo también luchaba con un “aguijón en mi carne,” que era “un mensajero de Satanás que me abofetee” Era la oposición satánica que él encontraba en todo lugar a donde iba para predicar el Evangelio. Algunos piensan que eso incluía un problema físico; en todo caso no era de Dios. Tres veces Pablo oró para liberación, pero Dios no contestó la oración tal como él deseaba. En cambio, Dios le dijo, “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (Véase II Corintios 12:7-9.)

Los principios de los que hemos hablado siguen siendo verídicos para la enfermedad física. Romanos 8:28 nos dice, “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” Puede ser que no podamos identificar un beneficio particular que resulta de cada evento negativo, pero cuando consideramos nuestra vida entera, podremos ver que Dios ha obrado experiencias— tanto positivas como negativas—para nuestro bien. 

Entonces, en las enfermedades debemos seguir amando a Dios, haciendo Su voluntad, y confiando en Él. Si hay algo en nuestras vidas que no le agrada a Él, debemos arrepentirnos y corregir nuestro modo de vivir. Debemos orar y creer para la sanidad divina, pero si estamos enfermos por un tiempo debemos usar cualquier medio que Él nos ha provisto para aliviar nuestro sufrimiento y para darnos avance para la recuperación.


Una tía mía que tenía más de cuarenta años fue diagnosticada de cáncer. Ella tenía una gran fe en Dios, y muchas veces en la oración ella creía que Dios le había sanado completamente. Ella confiaba, y aquellos más cercanos a ella testificaban de su gran fe. Durante su tiempo de prueba, Dios le habló por medio de lenguas e interpretación, prometiéndole que viviría para ver la tercera generación de su familia. En aquél tiempo, dos de sus cuatro hijos eran casados, pero no tenía nietos. La familia creía que esta promesa significaba que sería sanada, pero no iba a ser así. Un poco después de la Palabra profética, tanto su hija como su nuera se hallaron embarazadas. Unos pocos meses después del nacimiento de estos dos nietos, falleció mi tía. La familia no podía explicar porqué Dios permitía este evento pero siempre confiaban en Él. Como un resultado positivo de esta severa prueba, otra tía mía fue tan inspirada por este ejemplo de fidelidad hasta la muerte que ella renovó su propio caminar con Dios.

La fe no solo se manifiesta por medio de la liberación milagrosa; se puede ver la fe de igual modo en la perseverancia paciente en medio de las pruebas. El capítulo 11 de Hebreos enumeró a muchos héroes de fe: algunos recibieron milagros por medio de la fe mientras otros murieron en fe sin recibir milagro. Todos obtenían la aprobación de Dios y sirven como ejemplos para nosotros. 

Los tres jóvenes hebreos en Babilonia real- mente esperaban una liberación milagrosa, pero si Dios no les librase estaban todavía decididos a seguirle. Le dijeron a Nabucodonosor, “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado” (Daniel 3:17-18).

Algunas personas enseñan erróneamente que la sanidad divina vendrá inevitablemente si las personas simplemente tienen la fe suficiente, hacen la confesión correcta, o siguen cierto procedimiento. Pero Dios es soberano; no podemos comprenderle, muchos menos manipularle o dictarle. Por definición, la fe siempre retiene un elemento de misterio, de lo desconocido, de una confianza a pesar de la falta de comprensión. Nunca podremos reducirla a una fórmula simple y rígida.

Un ex-alumno mío aprendió acerca de una iglesia carismática en el estado de Texas que enseñaba fuertemente la doctrina de la confesión positiva: es decir, si una persona confesaba su sanidad con una fe total, inevitablemente sería sanada. Un miembro de la junta de la iglesia fue diagnosticado de cáncer incurable. Los miembros de la iglesia oraban, confesaban, se unieron, y reclamaban la victoria. El varón no recibió su sanidad sino que seguía deteriorándose. Finalmente, los líderes de la iglesia le informaron que la fe de ellos era fuerte; y que la razón por la que no fue sanado era por su propia falta de fe. Cuando más necesitaba ánimo, aquella doctrina fue usada para atacarle. Sin embargo, después de desafiliarse de esa iglesia, recibió una sanidad milagrosa.

DON DE SANIDAD: ¿PORQUÉ A VECES LA SANIDAD NO ACONTECE?


¿Porqué algunas personas no reciben su sanidad?


Podemos identificar varias razones posibles.

1. Falta de fe. 


Tal como se ha hablado, muchas personas que tienen fe no son sanadas. Sin embargo, la fe es la clave para recibir la sanidad de Dios. Cuando buscamos la sanidad, debemos enfocar nuestra fe en el Señor y Sus promesas.

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Probablemente la mayor razón por la que no vemos más sanidades milagrosas del Señor en nuestros días es la falta de fe. Aunque Jesús era un gran sanador y hacedor de milagros, cuando regresó a Nazaret para una visita, la mayoría de las personas no aceptó Su ministerio porque pensaban que le conocían muy bien a Él y a Su familia. Como consecuencia, “no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos” (Mateo 13:58).

2. Nuestras propias acciones. 


Cuando la sanidad no acontece, no debemos examinar solamente nuestra fe sino debemos examinar nuestro estilo de vida, nuestras acciones, y nuestro ambiente. Muchas veces, la enfermedad es un resultado de nuestras acciones deliberadas o accidentales.

A veces, pero no siempre, la enfermedad es resultado del pecado. Después de haber sanado a un paralítico en el pozo de Betesda, Jesús le dijo “. . . Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor” (Juan 5:14). 

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Pablo explicó que la falta de reverencia por la cena del Señor podría provocar serias consecuencias físicas: “Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen” (I Corintios 11:29-30). 

Puede ser que Dios permita que nos sobrevenga un castigo en la forma de alguna enfermedad debido a una falta que hubiéramos cometido en contra de alguien más, y en tales casos debemos arrepentirnos y confesar aquella falta para que seamos sanados. (Véase Santiago 5:16).

Hay muchos ejemplos en que una transgresión contra la voluntad de Dios resultaría en una enfermedad específica. Tomar bebidas alcohólicas puede causar cirrosis al hígado, fumar tabaco puede causar enfermedades de los pulmones, los pecados sexuales pueden resultar en enfermedades venéreas y el SIDA, y el guardar rencor y odio puede contribuir a una variedad de enfermedades relacionadas con el estrés. Una rebelión persistente contra Dios puede causar quebrantamiento mental y físico.

Sin embargo, la mayoría de las enfermedades no es el resultado directo del pecado de un individuo. Cuando los discípulos vieron a un ciego, ellos concluyeron que su condición se debía al pecado de alguien, pero Jesús les corrigió. “Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿Quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:2-3). Los amigos de Job trataban de culpar su condición en un pecado en su vida, pero él rechazaba la conclusión de ellos, y al final Dios lo vindicó.


La enfermedad también puede ser el resultado de una dieta insalubre, falta de higiene, falta de ejercicio, el estrés, falta de descanso, y causas ambientales. Aunque podemos buscar la ayuda de Dios en estas situaciones, sería presuntuoso orar para recibir la sanidad divina sin hacer un intento de corregir los factores que están a nuestro alcance. No podemos culpar a Dios si nos enfermamos debido a nuestras propias acciones, ni podemos decir que Dios ha fallado si no nos sana instantáneamente en tales casos.

No debemos juzgar a otros que están enfermos, pero debemos examinarnos a nosotros mismos para ver si Dios está tratando de castigarnos o de enseñarnos por medio de una enfermedad. Nuestras infracciones de una ley física o espiritual podrían ser la causa, y en tal caso debemos hacer las correcciones necesarias. Después de examinarnos a nosotros mismos en oración, si no vemos una causa, no debemos vivir con un sentir de culpabilidad y condenación, sino debemos continuar andando por fe.

3. Entre la voluntad general y la voluntad especifica de Dios. 


Aunque la Biblia da una promesa general de sanidad a la iglesia, puede ser que no sea la voluntad de Dios sanar instantáneamente en un caso específico. Todas las oraciones deben ser sometidas a la voluntad de Dios. Jesús nos enseñó a orar, “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mateo 6:10). Él mismo oró en el huerto de Getsemaní, “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Dios promete oír y conceder lo que pidamos, pero esta promesa esta basada en nuestro pedir “conforme a su voluntad” (I Juan 5:14-15).

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Santiago 5:14-16 nos instruye a orar por los enfermos; entonces siempre es la voluntad de Dios que así lo hagamos. Debemos orar para la sanidad de una persona enferma, y tenemos la seguridad de que Dios oirá y contestará esta oración—pero a Su manera y a Su tiempo, no necesariamente a nuestra manera y a nuestro tiempo. Puede ser que sane instantáneamente, puede ser que comience un proceso gradual de sanidad, puede ser que use lo que consideramos medios “naturales,” puede ser que lo sane más luego, puede ser que Él conceda gracia por un tiempo a través de la enfermedad, o puede ser que permita que la persona muera en fe y reciba la respuesta a su oración en la resurrección.

Pueden haber muchas razones por las que Dios no sane instantáneamente. Algunas podemos discernir mientras otras son conocidas por la mente soberana de Dios. Por ejemplo, en vez de aliviar nuestros síntomas temporales por medio de una sanidad milagrosa, puede ser que el Señor nos permita permanecer enfermos por un tiempo para que podamos corregir la causa de la enfermedad.

El dolor es importante al respecto. Aunque a ninguno de nosotros nos gusta el dolor, es importante prestar atención a nuestros cuerpos cuando sentimos dolor. En vez de ignorar un dolor crónico, debemos intentar comprender la causa. Personas con lepra pierden gradualmente el sentido en sus extremidades. Por ejemplo, no sienten dolor cuando se hieren un pie o dedo y vivirán por días u horas sin corregir un problema serio. Como resultado, sus cuerpos sufren un daño gradual e irreparable. Puede ser una bendición de Dios que Él no quite el dolor inmediatamente sino que permita que el dolor nos ayude.

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A veces Dios puede usar una enfermedad para llevar a cabo un propósito específico en nuestras vidas. El hombre ciego en el capítulo 9 de Juan vivía con su condición por muchos años hasta el tiempo de Dios para un milagro, y Jesús explicó que fue el propósito de Dios revelar Sus obras por medio de este varón. Muchas veces Jesús debe haber pasado por el lado del hombre paralítico quien se sentaba en el pórtico del Templo por muchos años, pero no fue sanado, hasta que Pedro y Juan oraron por él en el capítulo 3 de los Hechos.

Después de que mi familia sufrió un terrible accidente de transito en el año de 1963, mis padres estuvieron internados en un hospital por muchas semanas. Mi madre casi murió del cuello roto y una contusión cerebral. La nariz y ambos brazos de mi padre estaban fracturados. El accidente detuvo por un año nuestro viaje a Corea. Desde nuestra perspectiva, el sufrimiento y la pérdida de tiempo no parecía comprensible, pero por lo menos una cosa buena salió de esta prueba tan dura. Mi padre tuvo la oportunidad de testificar a una enfermera acerca de la salvación. Ella se arrepintió en el cuarto del hospital donde él yacía incapacitado. Entonces ella asistió a la iglesia, fue bautizada en el nombre de Jesús, recibió el bautismo del Espíritu Santo, y muchos años después aún continuó viviendo por Dios.

Finalmente, Eclesiastés 3:2 nos dice que hay “tiempo de morir.” En algún momento Dios no sana milagrosamente, sino nos permite pasar de esta vida a la próxima. Aun en casos donde parece que la vida se acorta injustamente, debemos confiar en el juicio de Dios. Solo Él sabe lo que pudiera haber acontecido si alguna persona hubiera vivido más tiempo, y solo Él sabe lo que acontecerá como resultado de la muerte de alguna persona.

Desde la perspectiva de la eternidad, podremos ver todas las cosas claramente. Los sufrimientos de esta vida parecerán ligeros, y todas las vidas terrenales parecerán haber durado solamente un momento.

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En conclusión, debemos orar por la sanidad, a menos que Dios nos guíe en otra manera. No debemos usar ninguno de los factores de los cuales se acaba de hablar como excusa de no confiar o no creer en las promesas de Dios para la sanidad

Debemos orar en fe y vivir en fe. Cuando lo hacemos así, observaremos y experimentaremos el poder sanador milagroso en una forma regular. Sobre todo, nos daremos cuenta que Dios no siempre actúa como nosotros deseamos o esperamos, sino que obra todas las cosas juntamente para nuestro bien.